Un país del Mediterráneo

miércoles, 15 de julio de 2009 por Fulcanelli
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Es incuestionable que en este país sólo existe un sentir, y es indiscutiblemente un sentir mediterráneo. Ya lo proponían aquellos documentales que años atrás, y bajo el título de "Un país del Mediterráneo", intentaban describir la variopinta geografía española y el influjo que tenía sobre el comportamiento social de sus habitantes. En estos documentales todo se analizaba bajo la luz potente -y probablemente también prepotente- del Mediterráneo. El Atlántico simplemente no existía, o su influjo en las circunstancias del país era mínimo.

Traigo a colación esto para evidenciar la obstinada política formativa seguida históricamente por todos los gobiernos democráticos y, obviamente, predemocráticos de este país que de una manera claramente sesgada tienden a la uniformidad del país arrojando sobre la diversidad cultural del mismo un oportunista barniz latino o mediterráneo.

Añadamos a esta ensalada una verdad considerada incuestionable en los tiempos que corren, a saber: aquello que los medios de comunicación estiman como irrelevante simplemente no existe; y tendremos el porqué en este país, cuyo peso poblacional y económico se encuentra volcado hacia el Mediterráneo, no existen las comunidades atlánticas. Literalemente son asfixiadas por la llamada cultura popular española -bastante ordinaria, por cierto-.

Un ejemplo muy claro de esta situación asfixiante se da en la música. En España sólo parece existir aquella música con una clara vocación por agradar el gusto sureño, rumbero o mediterráneo. Los medios publicitan casi exclusivamente los trabajos de artistas con un marcado carácter latino. La industria favore invariablemente la publicación de cualquier subproducto parido por rumberos, flamenquillos, poperos capitalinos de voz gangosa, prescindibles marchosillos de acento sureño y, en general, cualquier músico inútil con tal de que esté dentro del canón "español". No existe la música folk, qué decir de la celta. Es más, se prefiere dar relieve a la última estupidez parida por cualquier descerebrado roquero anglosajón -por muy estúpido que pueda llegar a ser- que dar relieve a productos de calidad realizados en el propio país, pero que no están dentro del supuesto canon mediterráneo.
Así nos va. País de charanga y pandereta. Poblado por pasmarotes que hacen suyas cualesquiera de las bobadas que llegan del exterior, pero incapaces de valorar aquellas que, aún producidas en su propio país, son apreciadas como ajenas por no seguir el canon oficioso.

Un país se ve enriquecido por el aprovechamiento de todas sus variables culturales; no entenderlo así contribuye a un empobrecimiento que las generaciones posteriores recriminarán a sus mezquinos mayores, incapaces de respetar y abrirse a diferentes sensibilidades y formas de entender las cosas.