No hay que fiarse de nada ni de nadie, y mucho menos de los sistemas de organización social cuyo objetivo final es engañar al contribuyente haciéndole creer que el mejor gobierno posible es el del que emana del ¿pueblo?, o sea, la ¿democracia?, que, tal como está planteada, no es otra cosa que la coartada del mercado, ya saben, el poder en la sombra. ¿En la sombra?, no, ¡qué va!, a plena luz del día es donde se producen los latrocinios en los tiempos que corren, y, sorprendentemente, con la connivencia de la víctima, circunstancia que convierte a esta en cómplice.
¡Ah, la democracia!, esa vieja y adulterada falacia, vilipendiada por gente con turbante y adulada por banqueros y políticos occidentales encantados de mentir y robar a dos carrillos.
Estos y otros recursivos disparates me vienen a la mente al contemplar un esclarecedor reportaje sobre la figura de uno de los virtuosos del piano más esplendorosos del siglo pasado, Glen Gloud, que, como todos los que van por libre, tenía una visión alejada de los prejuicios que impone la moral establecida y, por tanto, gustaba de ofrecer respuestas alternativas de una aplastante lucidez, quién sabe si rayanas en la clarividencia. Pues bien, venía a manifestar el brillante pianista que la democracia estaba sobrevalorada y que la gente no sabía que hacer con esa entelequia, constantemente invocada por demagogos y cortos de mente, llamada libertad.
¡Ah, la democracia!, esa vieja y adulterada falacia, vilipendiada por gente con turbante y adulada por banqueros y políticos occidentales encantados de mentir y robar a dos carrillos.
Estos y otros recursivos disparates me vienen a la mente al contemplar un esclarecedor reportaje sobre la figura de uno de los virtuosos del piano más esplendorosos del siglo pasado, Glen Gloud, que, como todos los que van por libre, tenía una visión alejada de los prejuicios que impone la moral establecida y, por tanto, gustaba de ofrecer respuestas alternativas de una aplastante lucidez, quién sabe si rayanas en la clarividencia. Pues bien, venía a manifestar el brillante pianista que la democracia estaba sobrevalorada y que la gente no sabía que hacer con esa entelequia, constantemente invocada por demagogos y cortos de mente, llamada libertad.
Democracia, demagogia
y una entelequia llamada
libertad.
y una entelequia llamada
libertad.
Y digo que no hay que fiarse de nadie porque hasta los intelectuales más comprometidos y libres de toda sospecha de complicidad con el sistema, lo realimentan cuando quieren remendarlo o parchearlo con sutiles sofismas y juegos florales que solo tienen un origen: el temor a una demolición incontrolada. El control, el compañero inevitable de la cobardía, los atenaza hasta inutilizarlos.
Así que la llamada a las urnas no tiene otro objetivo que procurar el mantenimiento de un ¿orden?, ya cansino y marchito, en cuyo nombre se cometen tantos y tantos indisimulados saqueos prácticamente sin solución de continuidad. Solo un bobo o un sinvergüenza consideraría estar viviendo en el mejor de los sistemas posibles.
El carcomido mercado necesita ser relevado por nuevos sistemas de organización social que entiendan que las personas son algo más que unidades de carbono convertidas en unidades de consumo. No sé si esos sistemas han sido desarrollados al menos teóricamente o si es necesario parir uno nuevo o bastaría con hacer una remezcla de los ya existentes o teorizados, lo cierto es que el presente está agotado y, si no se reacciona, acabaremos durmiendo a la intemperie y matándonos por un mendrugo de pan a las puertas de las fortificaciones de los poderosos (de que me suena esto, ¿feudalismo tal vez?) o, lo que es peor, plasmando algunos de esos disparates de ciencia ficción del tipo "Un mundo feliz" o "1984".
Así que la llamada a las urnas no tiene otro objetivo que procurar el mantenimiento de un ¿orden?, ya cansino y marchito, en cuyo nombre se cometen tantos y tantos indisimulados saqueos prácticamente sin solución de continuidad. Solo un bobo o un sinvergüenza consideraría estar viviendo en el mejor de los sistemas posibles.
El carcomido mercado necesita ser relevado por nuevos sistemas de organización social que entiendan que las personas son algo más que unidades de carbono convertidas en unidades de consumo. No sé si esos sistemas han sido desarrollados al menos teóricamente o si es necesario parir uno nuevo o bastaría con hacer una remezcla de los ya existentes o teorizados, lo cierto es que el presente está agotado y, si no se reacciona, acabaremos durmiendo a la intemperie y matándonos por un mendrugo de pan a las puertas de las fortificaciones de los poderosos (de que me suena esto, ¿feudalismo tal vez?) o, lo que es peor, plasmando algunos de esos disparates de ciencia ficción del tipo "Un mundo feliz" o "1984".




