Demolición necesaria

domingo 23 de octubre de 2011 por Fulcanelli
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No hay que fiarse de nada ni de nadie, y mucho menos de los sistemas de organización social cuyo objetivo final es engañar al contribuyente haciéndole creer que el mejor gobierno posible es el del que emana del ¿pueblo?, o sea, la ¿democracia?, que, tal como está planteada, no es otra cosa que la coartada del mercado, ya saben, el poder en la sombra. ¿En la sombra?, no, ¡qué va!, a plena luz del día es donde se producen los latrocinios en los tiempos que corren, y, sorprendentemente, con la connivencia de la víctima, circunstancia que convierte a esta en cómplice.
¡Ah, la democracia!, esa vieja y adulterada falacia, vilipendiada por gente con turbante y adulada por banqueros y políticos occidentales encantados de mentir y robar a dos carrillos.
Estos y otros recursivos disparates me vienen a la mente al contemplar un esclarecedor reportaje sobre la figura de uno de los virtuosos del piano más esplendorosos del siglo pasado, Glen Gloud, que, como todos los que van por libre, tenía una visión alejada de los prejuicios que impone la moral establecida y, por tanto, gustaba de ofrecer respuestas alternativas de una aplastante lucidez, quién sabe si rayanas en la clarividencia. Pues bien, venía a manifestar el brillante pianista que la democracia estaba sobrevalorada y que la gente no sabía que hacer con esa entelequia, constantemente invocada por demagogos y cortos de mente, llamada libertad.
Democracia, demagogia
y una entelequia llamada
libertad.
Y digo que no hay que fiarse de nadie porque hasta los intelectuales más comprometidos y libres de toda sospecha de complicidad con el sistema, lo realimentan cuando quieren remendarlo o parchearlo con sutiles sofismas y juegos florales que solo tienen un origen: el temor a una demolición incontrolada. El control, el compañero inevitable de la cobardía, los atenaza hasta inutilizarlos.
Así que la llamada a las urnas no tiene otro objetivo que procurar el mantenimiento de un ¿orden?, ya cansino y marchito, en cuyo nombre se cometen tantos y tantos indisimulados saqueos prácticamente sin solución de continuidad. Solo un bobo o un sinvergüenza consideraría estar viviendo en el mejor de los sistemas posibles.
El carcomido mercado necesita ser relevado por nuevos sistemas de organización social que entiendan que las personas son algo más que unidades de carbono convertidas en unidades de consumo. No sé si esos sistemas han sido desarrollados al menos teóricamente o si es necesario parir uno nuevo o bastaría con hacer una remezcla de los ya existentes o teorizados, lo cierto es que el presente está agotado y, si no se reacciona, acabaremos durmiendo a la intemperie y matándonos por un mendrugo de pan a las puertas de las fortificaciones de los poderosos (de que me suena esto, ¿feudalismo tal vez?) o, lo que es peor, plasmando algunos de esos disparates de ciencia ficción del tipo "Un mundo feliz" o "1984".

Reactivación

miércoles 12 de octubre de 2011 por Fulcanelli
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Se habla de desregularización, de libertad para los mercados, de las ventajas que tendrá ello para todos (por cierto, qué opinarán de esto en el cuerno de África o en todo África o en la estepa asiática...), pero solo hablan los sinvergüenzas, los ladrones de guante blanco, los encorbatados, los asistentes a consejos de administración, los incalificables que cobran primas y pensiones millonarias, los que dicen creer en Dios pero que actúan como si no existiese.
Interesa el liberalismo económico sin trabas, a todos aquellos cuyo problema no es la supervivencia cotidiana sino perdurar en el casino liberal, donde el azar reparte la suerte siempre a los mismos.
Wall Street, la City, la banca, los paraísos fiscales... todos sonríen enseñando su blanquísima dentadura, y te dicen que con esfuerzo y talento puedes ser como ellos; pero, en realidad, el mercado es como la lotería, le toca a uno y el resto paga y financia a ese afortunado.
Reactivación en el día del orgullo patrio, cuando las patrias ya no existen o al menos no como nos las quieren vender los propagandistas oficiales. Las únicas patrias auténticas son la de los desfavorecidos (muy nutrida) y la de los explotadores que pretenden seguir un poco más como pueblo elegido de Dios -y más adelante, Dios proveerá-. Las otras tan solo sirven para jugar al fútbol, interpretar un himno y elevar al cielo un colorido trapo carente de todo significado.

El crepúsculo de los dioses

martes 30 de noviembre de 2010 por Fulcanelli
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Cuando Louis B. Mayer, jefe de la MGM, vió el montaje final de la película se enzarzó en una agria discusión con Wilder al que intituló de bastardo del año. Lo cierto es que al gerifalte de la Metro no le gustó nada la película, no tanto por su calidad artística, que era incuestionable, como por lo que representaba, esto es, una crítica despiadada a la industria del cine, fábrica de sueños habitada por alimañas dispuestas a despedazarse las unas a las otras por una migaja de éxito. El todopoderoso mandamás monta en cólera porque ve como uno de los suyos, un participante del show business socava los cimientos de su criatura, y deja al descubierto las vergüenzas de un negocio donde nada es lo que parece y donde el beneficio está por encima de cualquier consideración artística.
Wilder ofrece en esta película una visión cargada de maldad sobre el llamado séptimo arte. Muestra cómo la falta de escrúpulos preside las maniobras de unos y otros. Actores, guionistas, directores, productores... todos en un tótum revolútum, dispuestos a venderse al mejor postor con un solo objetivo final: alcanzar la fama, el poder y el dinero; aunque ello implique perder la dignidad, si alguna vez se fue poseedor de tal virtud. Wilder, como buen idealista, atacaba a todo lo que consideraba falso; a la industria del cine en esta película, a la prensa en Primera plana, a la sociedad capitalista y consumista en El apartamento o en Uno, dos tres. Su visión del mundo era muy amarga, y una manifiesta misantropía late en toda su obra. Sus películas están llenas de personajes que se venden sin el más mínimo rubor. Raros son los personajes decentes que aportan integridad y lealtad, la mayoría son supervivientes capaces de hacer cualquier cosa por sacar la cabeza en un mundo que no tolera la debilidad.

El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard) nos introduce en el decadente mundo de la actriz Norma Desmond, olvidada estrella del cine mudo, a través del conglomerado de ruinas que forman su trastornada mente y su residencia que no es sino un trasunto de su dueña. Así se nos muestra una piscina en donde otrora se bañaran míticas estrellas del cine mudo, ahora sin agua y con alguna que otra rata campando a sus anchas. Vemos también una abandonada pista de tenis repleta de hojarasca y un carísimo y anacrónico automóvil protagonista de alguna de las escenas más significativas de la película. La casa y los personajes que en ella habitan sufren una parálisis que los mantiene alejados del mundo exterior. Toda la escenografía está encaminada a reforzar la decadencia de la olvidada estrella que se niega a admitir que su tiempo pertenece al pasado y que los días de vino y rosas nunca volverán.
...decadente actriz
incapaz de asimilar
que su tiempo
ha pasado.
La interpretación de Gloria Swanson es asombrosa, logra transmitirnos la locura del personaje sin caer en la caricatura, creando uno de los personajes más patéticos de la historia del cine. El personaje, aunque fuera de sus cabales, llega a parecernos muy real, merced a una composición magistral donde, aún siendo el histrionismo el principal ingrediente, cada gesto de la actriz tiene un porqué; todo ello reforzado por la inquietante figura de un criado interpretado por un hierático von Stroheim tan anacrónico y paranoico como su ama.
William Holden, el coprotagonista, interpreta a un guionista fracasado que, por mor del azar, acaba inmerso en el delirante mundo de la actriz. Aunque da una eficaz réplica a la Swanson, se podría decir que pertenece a esa raza de actores que resultan más creíbles al final de sus carreras -su interpretación en el western de Sam Peckinpah Grupo salvaje es un ejemplo de ascetismo interpretativo distanciado del oropel del paseo de la fama-.
Uno de los detalles que más contribuyen a crear la tensión dramática en Sunset Boulevard es, precisamente, la contraposición de los estilos interpretativos de los dos protagonistas: el estilo recargado, exagerado, anacrónico de Gloria Swanson, en contraposición al estilo contenido, natural, cercano y realista de William Holden. Cada vez que se encuentran ambos en el mismo plano se produce un curioso fenómeno rayano en la física ficción: dos personajes que se encuentran en universos paralelos, pero que se necesitan y se acaban encontrando en el límite de la realidad. Es un acercamiento que nos parece ilusorio o imposible; ella, porque vive encerrada en su locura, y él, porque desde que llega a la mansión de la trasnochada actriz, tal parece deambular por uno de sus guiones de escritor barato al borde del desahucio.

Pero si esta película perdura en el recuerdo de los espectadores es por ese final que resume en una secuencia lo que es el cine. El espectador queda subyugado por la imagen grotesca de la decadente actriz deslizándose escaleras abajo hacia la locura sin retorno, escoltada por figuras impertérritas, congeladas en el tiempo, que observan, asombradas las unas y compasivas las menos, la degradación de un personaje incapaz de asimilar que su tiempo ha pasado.

El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard)
USA (1950)
Director: Billy Wilder
Reparto: William Holden, Gloria Swanson, Erich von Stroheim, Nancy Olson


¿Calle qué? Ah, 13

viernes 19 de noviembre de 2010 por Fulcanelli
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Se hacen llamar Calle 13. Son dos muchachitos revenidos de Puerto Rico que se pasean, sobre todo el cantante, con ínfulas propias de intelectuales del viejo París, pero su hedor a barriada baja los delata. Se sospecha que son los inventores de la pólvora, así que sus letrillas están cuajadas de una iconoclasia pueril que les lleva a meterse con toda suerte de instituciones, algunas infinitamente menos retrógradas que sus ridículos mensajes pseudo-progres; por ejemplo, dicen despreciar las consignas de la Academia de la Lengua porque, faltaría más, a ellos nadie les va a imponer cómo emplear el idioma -¡criaturitas!-; condenan el descubrimiento de América porque fue una masacre y un genocidio -¡qué me dices! Me entero ahora-; y la última maravilla que salió de sus bocazas es que son rockeros, "pero del rock antiguo que el moderno es una mierda"; ellos, que son el más fiel exponente de la nueva hornada de horteras venidos de la otra orilla, agrupados en torno a un estilo llamado reggaeton - eso sí, alternativo y con base roquera el de estos muchachos- que apesta a música barata, apoyada en una literatura todavía más barata teñida de tintes machistas, racistas y violentos.
El líder de tan carismático grupo, bachiller él, adoctrinado en sesiones de baile y ron y lecturas seleccionadas del Reader's Digest, nos sorprende con durísimas declaraciones sobre el sentir latino, ese pueblo tan vilipendiado desde que el mundo es mundo -por cierto, ¿sabrá esta alma cándida que el término latino, parido por un simpático y decimonónico francés llamado Michel Chevalier para eliminar cualquier vestigio de hispanidad en el mundo, tiene todas las connotaciones racistas de las que solo un gabacho enfermo de grandeur, un pangermanista o un partidario de la angloesfera es capaz? Seguro que no, pero ellos dale que dale con lo de latino, ¡pobres diablos!-,

Atrevete-te salte del closet
señorita intelectual yo sé que tienes el area abdominal
que va a estallar como fiesta patronal
que va explotar como palestino.


Estos y otros grupillos sospechosos de haber visto la luz del Señor, son gente absolutamente disparatada, vestidos por sus peores enemigos, megalómanos sin sentido del humor ni atisbos de inteligencia, ignorantes y grasientos involucionistas de naturaleza hip-hopera, modernitos que se autoinculpan de artistas; rebuscando siempre en la basura por si encuentran extrañas connotaciones ultramodernas en las cosas más evidentes, pariendo obviedad tras obviedad hasta la bazofia final. En ocasiones, los verás transidos de placer ante cualquier soplapollez acompañada de bongós y maracas, porque intuyen serias recreaciones metafísicas tras cada inútil compás alumbrado por sus enlatadas mentes. Vamos, que ni la Niña de los peines acompañada por el Habichuela, ofrece una brebaje más estomagante.
Pero claro, qué se puede esperar de sujetos sobre-expuestos a la luz de la luna llena, macarras tatuados hasta las cejas -incluido, no podía faltar, un tattoo de mamá en el brazo-, atravesados por infinidad de piercings y posando con fiero gesto como si hubieran estado en las proximidades de Orión y vinieran a contarnos, a nosotros pobres infelices, las maravillas que allí vieron.
Tienen tantas cosas que decir, que acostumbran a explicar con gran afectación el porqué de la blancura del color blanco, en unas letrillas que causan auténtico admiración entre la tropa de iletrados uniformados con camisetas ferrys, ya desgarradas por el mucho amor que profesan a sus carismáticos líderes de opinión.

...yo se que a ti te gusta el pock rock latino
pero este reguetón se te mete por los intestinos
por debajo de la falda como un submarino.
y te saca lo de indio taino.


Los veo acaudillando un nuevo amanecer, donde la cultura popular se impone a golpe de movimientos pélvicos y pareados carcelarios rebuscados entre los desperdicios de lo que en su momento se llamó música pop-rock, cuya principal virtud fue relajar las costumbres con el objetivo final de colocarse y ligar más y mejor.
Aturdimiento y desorientación es la sensación que nos queda tras escuchar a estos buldozzers del nuevo mundo, cuya singular manera de arremeter contra la alta cultura se emparenta con la profesada por incivilizadas ideologías que también se tatúan cosas en los brazos, mayormente cruces.

Laura

martes 5 de octubre de 2010 por Fulcanelli
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"I shall never forget the weekend Laura died".
"Jamás olvidaré el fin de semana en el que murió Laura".
Con estas palabras nos anuncia una temblorosa voz en off el comienzo de Laura de Otto Preminger, una de las películas más fascinantes de la historia del cine, que sigue cautivando a cualquier espectador que guste de las obras elaboradas con cierta elegancia.

Se trata de un filme en el que domina el lenguaje cinematográfico con reminiscencias teatrales. Los actores se mueven por la escena con precisión milimétrica dando la impresión de que no se apartan ni una coma del guión. Todos ellos, incluso los que tienen un papel corto, representan arquetipos cinematográficos clásicos. Un claro ejemplo es el crítico y escritor Waldo Lydecker, personaje interpretado por Clifton Webb. Para un espectador poco avisado pudiera parecer un petimetre soberbio e hipócrita, pagado de sí mismo; incluso si no fuera un escritor de éxito semejaría un diletante estéril; sin embargo, se trata de un tipo culto, elegantísimo, cínico, mordaz, romántico y obsesionado con Laura, su objeto exclusivo de estudio a la que pretende modelar como un pigmalión clásico. Posee la intensidad de sentimientos de los que sólo es capaz un cínico flemático que circula como una bomba de relojería a punto de estallar en cualquier momento y, cuando lo hace, siempre pasa algo, nadie queda incólume.
Por otra parte, tenemos a Laura, interpretada por Gene Tierney, una mujer extraordinariamente bella, elegante, que posee la frialdad de las mujeres fatales pero sin ser consciente de ello y, en cualquier caso, utiliza ese poder que tiene sobre el género masculino no para llevarlos al abismo y destruirlos sino para obsequiarlos con su distinguida compañía. Es un personaje de un refinamiento innato sin atisbos de altanería o soberbia, una mezcla entre fría elegancia y turbadora sensualidad; ciertamente, un cóctel explosivo capaz de desencadenar los resentimientos más violentos.
Como en toda película de género negro no puede faltar el representante de la ley, que en este caso no es tan plano como cabría esperar. Mark McPherson es un detective con muchas aristas como todos los personajes de la película, huraño y de mirada torva, de la clase de individuo que parece de vuelta de casi todo. El conocimiento del crimen le da un altura moral que lo sitúa por encima de todos los personajes de la obra, incluso de la propia Laura cuya ambigüedad llega a despistarnos por momentos. Dana Andrews, el actor que interpreta a nuestro detective, lleva el sombrero y la gabardina detectivescos como nadie, tiene un gesto entre melancólico y fiero, siendo apropiadamente cínico en su interacción con el resto de personajes y lánguido, sin embargo, cuando está en soledad desarrollando su labor detectivesca, labor que se verá comprometida con la aparición física de Laura.

Al igual que en la Rebeca de Alfred Hitchcock, el protagonista absoluto no es tanto un personaje real cuanto una fantasmal presencia que expele una cierta fragancia de mujer auténtica que impregna todo el filme. Incluso cuando a mitad de la película aparece la protagonista, lo que seguimos percibiendo es el aroma femenino que nos acompaña persistentemente desde el primer fotograma, sobreponiéndose a la propia corporeidad del personaje.
Lo que atrae a todos los personajes masculinos de la película no es la mujer física, Laura o Gene Tierney, sino el ideal de mujer que, incluso, hace que el trabajo de la actriz quede oculto por la misma idea del personaje. Laura nos cautiva no tanto por la excelencia de la interpretación como por la grandiosa escenografía que hace de ella un arquetipo. Y lo que queda al final es el efluvio, el regusto refinado de una obra magistral, con una escenografía y una dirección inspiradísimas.

...el refinado efluvio
de un personaje irreal
y evanescente
arquetipo romántico.
Pieza clave en la película es un retrato de Laura que cuelga encima de la chimenea, escrutado constantemente por el detective y del que llega a encapricharse peligrosamente. Es un objeto capital para explicar el ambiente onírico minuciosamente logrado por un decorado perfecto. No es un simple retrato del personaje encarnado por Gene Tierney sino que es la representación idealizada de la mujer que domina toda la obra.
Lo que perdura es la Laura que flota en el ambiente, el personaje irreal y evanescente, el arquetipo romántico compuesto en la cabeza del espectador. Como la propia Gene Tierney comentaba con cierto resentimiento: "Lo que queda es una Laura irreal más que lo que yo pude aportar al papel. De todas formas es mejor ser recordada por este papel que no ser recordada en absoluto".

Si Casablanca es una historia de amor con un trasfondo épico, Marsellesa incluida, y un final grandioso por la generosidad que representa la renuncia a la felicidad, en Laura tenemos una historia de amor que se transforma en odio y finalmente muerte.
Como en Casablanca, en esta película también se dieron una serie de casualidades que cristalizaron en una gran obra: actores, directores, escenógrafos y compositores acabaron trabajando en ella tras una suerte de cambios propuestos por el azar. Quizá el azar sea el alambique necesario para crear los mejores destilados artísticos.

Laura
USA (1944)
Director: Otto Preminger
Reparto: Gene Tierney, Dana Andrews, Clifton Webb, Vincent Price

Cita XIX

lunes 13 de septiembre de 2010 por Fulcanelli
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Demasiado ruido para tan pocas nueces.
Pero, ¿a quién le gustan las nueces?
Su aspecto es similar al de un cerebro reseco
y su sabor tiene el regusto amargo de la
acqueta di Perugia.

Prometeo negando a Shakespeare

Retorno al pasado

por Fulcanelli
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Duelo de afiladas lenguas en una de las cumbres del cine negro; de una parte Kirk Douglas, el actor versátil por antonomasia, componiendo un mafioso con clase pero implacable, enfrentado a un Robert Mitchum, paradigma de los detectives desaliñados: nadie como él representa a esa casta de atractivos perdedores, bañados en whisky, a los que tan bien sientan los trajes baratos, trabajando siempre al filo de la ley, y cuyo destino se encuentra inexorablemente ligado a una mujer fatal y a la mala estrella de los que sobreviven en los bajos fondos. Y en el medio de este duelo, una actriz, Jane Green, recrea una inolvidable femme fatale, tan perversa como el personaje concebido para Barbara Stanwyck en la película Perdición; pero, a diferencia de la malvada de la película de Wilder, que se permite un momento de debilidad al final de la película -en el fondo, Billie Wilder era un romántico-, aquella no se permite ni una sola concesión. Manipuladora patológica, sensual y romántica a veces, fría e interesada siempre. El adjetivo calculadora encuentra su máxima expresión en este personaje, que juega tanto con sus partenaires como con el espectador; en ocasiones, es difícil delimitar el registro que está utilizando, porque el espectador tiene una información tan contradictoria sobre ella que hasta el momento final le es difícil decidir si se encuentra ante un prodigio de maldad o, simplemente, ante una ingenua arrollada por la vida; y aún, en ese postrer momento, la mayoría puede albergar serias dudas: ¿es acaso ese acto final producto de la crueldad o de la rabia del que se siente traicionado?.
En un papel secundario, pero memorable, Rhonda fleming, refuerza esta visión de la mujer fatal protagonizando secuencias cargadas de erotismo y perversidad.
¡Ah, las femmes fatales, ni ellas mismas están a salvo de sus maquinaciones!

Y, sin embargo, si la película está en el Olimpo del cine no es tanto por sus actores cuanto por su guión. Es difícil que un elenco de actores tan eficaces se vean eclipsados por las palabras que salen de sus bocas; y es que el guión es tan brillante que, por momentos, uno se encuentra tan abstraído por los chispeantes diálogos que, ciertamente, acaba por olvidarse de las, por otra parte, magníficas interpretaciones.

La trama se apoya en una compleja estructura perfectamente ensamblada que juega con el pasado y el presente, y que ofrece un fascinante juego de giros vertiginosos.
Diálogos plagado de juegos de palabras chorreantes de acidez, corrosivos hasta el tuétano, que despliegan en todo momento un cinismo de alta escuela. En este caso, la ironía y el sarcasmo no son meros adornos sino un fin en sí mismos.

Para muestra un botón:
(1) -Hay que ganarse la vida, quizá haya oído hablar de ello.
(2) -Se evitaría disgustos si pagara los impuestos.
      -Pero eso sería ir en contra de mi naturaleza.
      -Ya, olvide el consejo.
(3) -No quiero morir.
      -Ni yo, pero llegado el caso quisiera ser el último.
(4) -Guarde esa pistola.
      -Si la guardo, no me sirve para nada.
(5) -Me parece que yo he caído en una trampa y usted ya casi huele a cadáver.

Corrosiva, sofisticada y elegante; pertenece a ese período en el que el cine se apoya en guiones extremadamente inteligentes que dan cobertura a todo el entramado necesario para alumbrar obras maestras del cine de siempre.


Retorno al pasado (Out of the past)
USA (1947)
Director: Jacques Tourneur
Reparto: Robert Mitchum, Jane Greer, Kirk Douglas, Rhonda Fleming